Una especie de buscadores

Estaba lavando los platos, inmerso en mis pensamientos respecto a esta publicación, cuando caí en cuenta de algo: no es mi intención encontrar una respuesta definitiva sobre aquello de lo que hablo. Pero, al mismo tiempo, me pregunté: ¿la respuesta a qué? Y de saber el “qué”, ¿cuál es la permanencia que tiene una respuesta? ¿Qué es, finalmente, responder?

Una búsqueda rápida en Google arroja que una respuesta es la “satisfacción a una pregunta, duda o dificultad“. Sin embargo, es notorio que ninguna respuesta es determinante ni final. Una respuesta es poseedora del tiempo y el espacio en el que fue concebida, pero eso no garantiza su permanencia. Lo que hoy consideramos una gran solución, mañana será opacado por una respuesta mejor. Dicho de otra manera: las respuestas cambian con el tiempo y las condiciones; los avances tecnológicos son, quizás, el mejor ejemplo de esto.

Inevitablemente, esto nos lleva a las motivaciones de nuestra especie. Las respuestas existen porque nosotros las buscamos mediante preguntas. Estas surgen de lo que no entendemos o, para los más atrevidos, de aquello que creemos entender perfectamente. Buscamos y buscamos hasta llegar a esa respuesta que nos “satisfaga”, pero todo buen buscador sabe que el fin no es el hallazgo. La respuesta es solo una excusa para formular una nueva pregunta.

La diversidad de nuestra especie es un portal a una infinita variedad de opiniones. Sin embargo, hay algo en lo que todos coincidimos: ¡todos buscamos respuestas! Desde las más insignificantes hasta las más profundas. Algunos buscan el sentido de su existencia; otros, los pasos para completar un plan, y algunos más, respuestas tácitas sobre cómo llevar mejor su día a día. No importa el nivel de trascendencia: todos estamos en una constante búsqueda.

Entonces, ¿acaso seremos una especie cuyo propósito máximo es el de buscar, sin importar el qué?

Entonces, ¿acaso seremos una especie cuyo propósito máximo es el de buscar, sin importar el qué?

Ciertamente tenemos las herramientas para llevar esta tarea hasta sus últimas consecuencias. Estamos dotados de un cerebro construido sobre una plataforma de identificación de patrones y consecuencias. Tenemos un intelecto que nos permite tomar elementos básicos y elevarlos a una potencia tal que los transformamos en algo totalmente diferente. Ya sea buscando la solución a una duda prevalente o formulando la respuesta a una pregunta que aún no existía, nuestro físico facilita la materialización de lo que el intelecto conjetura.

¿Será este nuestro verdadero propósito? ¿O será que alimentamos nuestro ego al atarle propósitos “superiores” a lo que es, simplemente, nuestra naturaleza?

Quizás, sencillamente, somos eso: una especie de buscadores.