La música como la arquitectura emocional del ser humano

He estado pensando en esta relación casi obsesiva que tenemos con la música en general. La respuesta superficial es decir que la música nos gusta y no hay más. Sin embargo, si ese fuera el caso, hablar de una industria musical que lleva décadas lucrando, creando y destruyendo grupos y marcando la pauta de cómo y qúe música se puede escuchar en cuáles plataformas digitales pareciera que es una conversación fuera de lugar. La realidad es que todos sabemos que sí es el caso.

¿por qué es que como sociedad tenemos esta fascinación casi obsesiva con la música?

Una manera de ver esto es que parece que necesitamos de la música para no desmoronarnos. Digo esto porque la música nos da una estructura emocional. Tomemos el caso de la música popular contemporánea en donde todo se basa en “la fórmula“. Esa estructura de ritmos, tiempos, puntos altos y bajos que las bandas usan para tener éxito y llegar a la radio. Al mismo tiempo, si vemos más allá de las melodías pegajosas y las letras casuales podemos descubrir que todo se trata de algo mucho más profundo que un simple producto comercial.

Me parece que viene de una asociación emocional evidente. Por ejemplo, es obvio que el punk o el rock evocan energía mientras que una balada procura la paz y la melancolía. Más importante es que hay algo más allá de esa obviedad. Tantas cosas en la vida que nos ocasionan una reacción emocional, incluida la música, pero la misma música tiene una duplicidad muy particular: tiene un compás.

La emoción es silvestre, la música es el marco

Aquí es donde la idea se pone interesante. Creo que podemos acordar que la emoción, por sí sola, no tiene estructura; la emoción solamente es, fluye. Es una textura energética representada mediante un calificativo. Te enojas o te alegras y ya. Es, pues, algo “silvestre”. En cambio, la música es una pieza estructural comunmente de tres a cinco minutos que, además, ya conocemos y anticipamos. Antes de presionar el botón de reproducir sabes que viene una intro, un verso, un coro y un puente, incluso sin haber escuchado la canción.

En el punto de convergencia de estas dos ideas es que se empieza a revelar el verdadero motivo de nuestra fascinación obsesiva. La música nos ayuda a organizar nuestras emociones dentro de un marco particular de ritmos, compases y melodías. Nos lleva en un altibajo controlado el cual conduce el sentimiento.

El “zeitgeist” del despecho y la vértebra musical

Para aterrizar esto, pensaba en el ejemplo clásico del típico joven mexicano ante un conflicto o ruptura con la novia. Es una escena muy de nuestra cultura, de nuestras películas y telenovelas. Primero está el alcohol, el cual sirve para desinhibir, para dejar que esas emociones florezcan así como lo que son: salvajes. Pero una vez que brotan, necesitan una estructura para poder procesarse humanamente. De lo contrario, la energía texturizada emerge pero no se sabe qué hacer con ella.

Es entonces que entran las canciones rancheras y el mariachi entro otros géneros. No quiero pasar por alto la importancia de la letra, por supuesto, que le da fuerza y significado al sentimiento. Dicho esto, la verdadera vértebra es la estructura musical que ciertamente puede ser encaminada por la temática de la letra. Así, los compases y los tiempos de la música son los que organizan el caos del desamor. El alcohol desinhibe, la letra le pone nombre al dolor, pero la música le da el orden necesario al sentimiento para que esa energía texturizada tenga caudal y significado en el contexto de vida que se vive.

Notas finales

Creo que buscamos la música porque la vida se vive en desorden. Buscamos esa canción que nos gusta porque, aunque la letra sea un descriptivo de lo que vivimos, es la melodía, la métrica y la estructura de esos tres o cinco minutos lo que nos ayuda a darle un punto final —o al menos un compás de espera— a lo que traemos dentro. Al final, esto de ser humano es un proyecto que vamos desenvolviendo nota a nota, acorde a acorde.